EL ACORDEÓN
“Estimado, hermano, cuando vengas a visitarnos ¿tú puedes traerme un acordeón, para mí, tu servidor, tu hermano Teódulo?”
Germán se apresura entre la multitud que pasa frente a la Catedral San Patricio en la Avenida Sexta en Nueva York.
-Es un día fabuloso, un día fabuloso.
Germán se volteó. Era la voz de un hombre que lo alcanzaba mientras, con una expresión de ira, murmura. “Es un día fabuloso, un día fabuloso.”
“Fuck you, -pensaba Germán- fuck you, ¿y de dónde saco yo un acordeón?”
Él ha preguntó en su trabajo dónde conseguirlo pero nadie lo supo, aunque un puertorriqueño le aconsejó buscarlo en la calle 50.
-Allí hay una escuela de música -le dijo- y dan conciertos.
Un muchacho flaco, con pelo color de oro, toca una flauta frente a una librería, más allá un negro golpea un tambor y, cerca de un almacén de juguetes, un chino hace malabares mientras un ejecutivo con pelo gris zigzaguea sobre unos patines a través de los peatones. Un olor a pretzels y a perros calientes le llenaba de agua la boca a Germán.
-¿Tú sabes dónde venden acordeones por aquí? -Le preguntó Germán a una niña bonita que cuidaba un caballo en la esquina del Hotel Victoria. Ella lo piensa un rato y niega con la cabeza. Luego le indica a lo largo del parque:
-Intenta por allá, tal vez puedas encontrarlo.
Un mes antes de cumplir sus 14 años, Germán escapó del paraíso de palmas, plátanos, frutas, café, maíz y caña, y de un infierno de desconfianza, falta de autoestima e iniciativas; sin agua ni energía. Él dejó a su mamá y a su papá con sus indisolubles problemas y sus catorce hermanos.
Cuatro años de vivir en Estados Unidos le enseñaron a Germán a tener confianza, autoestima, el arte de patinaje en el Parque Central y a pensar “fuck you, fuck you”, como muestra de que también él forma parte de la masa de blancos, negros, latinos y asiáticos que luchan como él. Pero siempre con sus raíces fundadas en el olor velado del cilantro, del jazmín, de las pequeñas flores del café, de la mierda de marrano y del sudor agrio de sus hermanos.
Germán comenzó ahorrar dinero para un pasaje de ida y vuelta y empezó comprar pendejadas de plástico para sus hermanas y hermanos hasta que llegó la carta de su hermano Teódulo. “Estimado, hermano, cuando vengas a visitarnos tú puedes traerme un acordeón, para mí, tu servidor, tu hermano Teódulo.”
Esta súplica descuadró su pequeño presupuesto y él comenzó a economizar en sus salidas, el trago, la compra de ropa, los pasajes de bus o metro hasta que llegó ser un duro en caminar y correr, y solamente fumaba cigarrillos prestados. Hasta “fuck it, fuck it”, fue a buscar un acordeón porque él creía en el sueño de Teódulo de también escapar del paraíso chimbo.
Dos meses después de haber cumplido sus dieciocho años, Germán se bajó un sábado del bus. Cargaba un pesado bolso nuevo y una maleta negra de cuero artificial con cerraduras de metal brillante.
Él encontró a Teódulo en el mercado, rodeado de mujeres agachadas en el barro con sus montoncitos de papás, zanahorias, cebollas, coliflor y toda clase de frutas. Los hermanos se dieron tímidamente la mano y Germán le entregó la maleta.
-Lo que pediste. -Le dijo, sin mostrar la emoción que bullía dentro de él.
y pensando: -Ya no fumo más, hermano, poco he salido y me perdí los últimos estrenos del cine, todo por este fuck it de acordeón; porque tú eres mi hermano y comparto tu sueño. Abre la maleta, saca esa vaina y toca, fuck it, toca-.
Teódulo recibió la maleta pero no lo abrió. Acarició con sus dedos la manija y las cerraduras porque esa maleta llevaba por dentro su vida, su sueño y su futuro, de eso no había duda porque él nunca había tenido un instrumento musical en sus manos.
En la casa, Germán repartió los regalos. Para mamá una falda y una blusa; para papá un radio despertador de baterías con tantos botones que lo empacó de nuevo y lo guardó cuidadosamente en su armario. Llevó para las niñas el mismo juego de maquillaje barato; y para los muchachos, pistolas de agua verde y amarilla. Y a todos les regaló una camiseta con las letras I LOVE NEW YORK.
Esa tarde Teódulo se paró frente a su cuarto y mientras desamarraba la cuerda de la puerta dijo: “Mañana vamos a tocar.” Puso la maleta encima de la cama para que no se ensuciara con el piso de tierra. Con mucho cuidado la abrió y sacó el acordeón. Lo puso encima de sus rodillas y empezó a acariciarle los botones, el fuelle, y otra vez los botones. Los presionó pero se quedaron mudos. Atravesó sus brazos por las correas, colocó el instrumento contra su pecho, puso sus dedos encima de los botones... y se quedó quieto.
Retiró sus brazos de las correas, colocó el instrumento de nuevo sobre el colchón y se acostó a su lado, con sus ojos cerca de los botones; se durmió y empezó a soñar. Soñó que tocaba el acordeón mientras su familia lo miraba con admiración. Con su música los fue contagiando hasta cuando todos se pudieron a golpear, raspar con cualquier cosa hasta cuando todos formaron una orquesta grandiosa.
Flaco y curtido, estaba acostado al lado de su acordeón, con sus zapatos todavía puestos y una sonrisa enorme en su cara. Ahora él podía comprar un poncho para su papá, uno bueno como los tienen los soldados. Él podría viajar con su mamá a la ciudad para visitar un médico, comprar el vestido de la primera comunión de Alicia y le sobraba dinero para financiar el estudio a sus hermanos y hermanas. Taparía los huecos del techo, ¿qué?, no... renovaría el techo completamente, ¿qué?, no… construiría una casa de ladrillos con ventanas y cortinas que colgaran hasta el piso. Y él tocaba y tocaba… De pronto se despertó porque sus manos le rascaban su barriga.
El domingo cada uno se puso la camiseta nueva; todos parecían un equipo de fútbol. Se arrojaron agua con las pistolas y la casita temblaba con la algarabía y las risas que se volvieron carcajadas cuando la niña más pequeña salió del cuarto arrastrando sus pies con los zapatos de Marlén con la cara untada de maquillaje y labial.
Bajo las miradas de los pequeños que estaban agachados en un círculo, Rodolfo y Teódulo ataron el pollo más gordo a una biga y le cortaron el cuello; arrastraron una olla para recoger el chorrito de sangre.
Después de la siesta, Teódulo sacó el acordeón de su cuarto y todos se ubicaron con gran expectativa frente de la casita, bajo las palmas, y sólo se escuchaba el susurro de la quebrada que venía desde abajo, en la tarde apacible de ese domingo.
Teódulo metió sus brazos a través las correas, alzó el acordeón contra su pecho, miró su familia, a su mamá, a su padre, a Germán y a todos los demás. Soltó el cinturón que recogía el fuelle, puso sus dedos encima de los teclados y empezó a jalaba el fuelle.
El río dejó de susurrar, las hojas no se movieron más y el colibrí quedó en suspenso frente de su flor y en medio de este silencio, el acordeón jadeó como un animal salvaje. Todos lo escucharon con asombro porque no se parecía en nada a la música de las decenas de casetes de música que Teódulo guardaba encima de una tabla al lado de su tocador y que remendaba con cauchos y cinta pegante.
Cuando el río recuperó su voz, el olor de la brisa bañó la casa, el colibrí continuó su búsqueda de néctar, los pequeños comenzaron a reír. La mamá observaba su hijo con mucho respeto; su hijo que estaba allí, sentado frente a todos y su padre no entendía lo que pasaba; Germán se levantó, se dirigió hacia la cocina y sacó tapas de ollas, pedazos de madera, tenedores y cucharas y dijo:
-Uno debe tener ritmo, es lógico- dijo cuando volvió.
Germán entregó a la madre la tapa de una olla y una cuchara de madera, a su papá dos cucharas metálicas, a Rodolfo dos palos, a Marina una caja de fósforos, hasta que todos tenían algo para golpear, raspar o agitar. Él dio el ritmo golpeando una taza con un tenedor. Rodolfo lo entendió de inmediato y luego, en corto tiempo, todos golpeaban o raspaban algo.
Teódulo los miró con asombro hasta cuando Rodolfo comenzó a cantar con una voz mal afinada: “Te voy a hacer una casa en el aire, solamente pa´ que vivas tú...”. Teódulo, ahora con más confianza, logró sacar unos tonos de su instrumento sobre el ritmo confuso de su familia. Todos cantaban esa vieja canción y hasta los sonidos del acordeón se hundieron en esa cacofonía. Se veían felices con sus caras rojas de tanto gritar y hasta el perro los acompañó con su llanto desde el borde de la terraza mientras el gato se escondió debajo de la cama.
La mañana siguiente, antes del amanecer, Teódulo despertó a Germán
-Hola, hermano... -susurró- me voy.
-¿Qué, cómo, dónde? -Germán trató de despertarse.
-Me voy a buscar al maestro GUTIERREZ, tú sabes.
-Pero es en la Costa, son varios días de viaje, ¿cómo vas a pagarlo?
-Trabajare mientras viajo. No hay problema. Tengo que aprender a tocar el acordeón. Tú entiendes, ¿no cierto? Toca así. Tú regresaras pronto a estados Unidos, entonces si no te veo más...
-Ay, hermano, cuídate mucho, sé prudente.
Un temor tocó a Germán porque él sabía lo peligroso será un viaje con un instrumento tan costoso.
-Cuidado, hermano, cuídate mucho - gritaba mientras Teódulo desaparecía en el hoyo negro dentro del muro verde del cafetal.
Hacía varios meses Germán regreso a Nueva York. Un policía llegó a la casa de la familia. Venía con la cara roja y sudada, con su cachucha en la mano. Solo estaban en la casa Jesús y la mama. Le dieron una taza de café y él se sentó en una butaca todavía jadeando de la trepada.
-Creo que traigo malas noticias, -Comenzó cuidadosamente. - ¿No es cierto que su hijo tiene un acordeón?
Mamá se sentó en la punta de su banquita.
-¿Cómo es la maleta? -Preguntó el oficial.
-Es una maleta negra, de cuera artificial con cerraduras metálicas brillantes-.
-Encontraron una maleta parecida, dentro un campo de caña cerca de Fonseca… un pueblito cerca la Costa. Dentro la maleta estaba escrito su nombre y el nombre de este pueblo. Parece que lo robaron. Fue muy imprudente viajando con semejante instrumento. Así uno se busca problemas. Bueno, vine a traerles la noticia.
Se levantó, puso la taza encima de la mesa y bajó por el caminito. Al avanzar, el color verde de su uniforme se fundía con las plantas...
EL AMOR DE MI PADRE
Un día Murciélago se enamoró. Se enamoró porque una chica lo aceptaba como era. Él era un murciélago grande, de barriga calva y con la espalda peluda con pelo denso de color gris oscuro. Tenía las orejeras finas y los ojos le brillaban. Pero lo que no tenía eran los dientes. Y esto había sido una carga pesada en su vida y una tristeza que le comía sus entrañas, también se le había tragado la autoestima. Porque, como todos sabemos, los dientes de un murciélago son signos de valor. La belleza y valentía se miden por los dientes. Deben ser puntudos, bien afilados y blancos pero él no tenía nada de eso. Cuando joven se accidentó y se le rompieron los dientes. Y ahora no puede reír ni hablar, sólo susurra con los labios cerrados y pone sus dedos frente de la boca cuando encuentra sus amigos. Era obvio que ninguna joven que se respetara se metería con él, qué vergüenza. Hasta cuando un día una murciélaga le miró a los ojos, vio su ternura y sus ganas de vivir, pero también percibió el mar de infelicidad. Y su ser se llenó de amor, ella no le miró la boca, ni siquiera le preguntó por qué la escondía, porque eso no le importaba, y fue ella quien le preguntó si él podía acompañarla. Y los dos volaron alrededor de la casa, a través los árboles y encima del campo. Hablaban en tono suave sobre la vida, las esperanzas y el futuro. Él le mostró dónde se conseguía la mejor comida, los rincones más bonitos de la casa y ella lo escuchaba, maravillada de sus palabras, de sus pensamientos y de sus sentimientos.
Un feliz día llegó el primer hijo. ¡Qué guapo! Tenía todo lo que debía tener, el pelo denso de color gris carmelita oscuro sobre su espalda, la barriga desnuda y suave como terciopelo. Las alas fuertes para volar grandes distancias y sí, sí tenía todos los dientes. Una boca llena de bellos, blancos, puntudos y tan afilados como para pinchar…
Papá y mamá se llenaron de felicidad. Con orgullo llevaron a su hijo donde los amigos que lo admiraban y, con orgullo, sintieron la envidia por su hijo tan perfecto.
En la casa mamá no dejaba de exclamar por los dientes del hijo. Y, poco a poco, el papá se sintió desplazado y comenzó a dar vueltas por la casa, pero solo porque ella estaba con su hijo.
Cuando el muchacho creció, el papá lo llevó a sus correrías. Le enseño de volar, a cazar y todas las cosas que pertenecen a la vida de los murciélagos. A veces mamá los acompañaba y los tres se apoderaban de los aires y la casa. Eran la imagen de una familia feliz.
Un día papá invitó al joven a un paseo. Mamá tenía dolor de la cabeza y se quedó en casa. Los dos volaron encima del perro, pasaron sobre los pájaros dormidos en los árboles, rozaron el agua de la quebrada, escucharon el búho que los saludó y el muchacho pensaba que no había nada mejor en el mundo que volar con su papá.
-Cuando uno es grande, uno debe ser fuerte, uno debe resistir a las penas de la vida. Uno debe conquistar el mundo, ¿entiendes?
-Sí, papá. -Contestaba el joven orgulloso de que su papá le hablaba, de que le daba consejos.
-Tú debes tomar la vida en tus manos, no dejarte influenciar de nadie. Ser consciente de que es tu vida, de que tú eres el dueño.
-Sí, papá.
-Eres tú quien debes decidir, y solamente tú. Eso sí es ser un murciélago de verdad.
-Sí, papá.
-En muchas situaciones te van a hablar para mostrarte el camino. No lo aceptes, si no es tu voluntad. Pueda ser que recibas señales para tal o tal acción. Reflexiona primero y solamente después TÚ decides.
-Sí, papá.
La noche era oscura, no se podía ver nada pero Papá volaba con seguridad y el joven al lado de él.
-Papá, siento algo frente a mí.
-¿Estas seguro, lo has pensado bien? -Contestó Papá.
-Pues no, papá, lo siento.
-Es ahora cuando puedes demostrar quién eres tú. Resiste los impulsos.
-Sí, papá.
Silencio.
-¡Papá!
-¿Sí?
-Papá, siento que algo está acercando rápido.
-Oh, sí, ¿y qué vas a hacer?
-No sé, papá, no quiero estar lejos de ti.
-¿Es tu decisión, hijo mío?
-Sí, papá, no quiero estar lejos de ti.
-Pues aguanta y muestra tu fuerza.
El joven se estrelló contra un poste y se rompió todos sus dientes.
Una vez en casa, mamá lloraba y lloraba y gritaba sobre la vergüenza de su familia en la cual ningún macho tenía dientes y qué iba pasar con ella. Papá lo observaba y soñaba y añoraba los días en los cuales los dientes no eran importantes, solamente las ganas de vivir y el amor. Pero este amor se había apagado en su mujer y lo dejado solo.
El hijo se miraba en el espejo y sonría con la boca bien a la vista con ese horrible hueco.
-Estoy tan feliz -exclamaba- ahora estoy tal como mi papá, un verdadero murciélago.
jueves, 2 de julio de 2009
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Yo no hablo muy bien español, pero gusto muy desto texto.
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