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jueves, 2 de julio de 2009

Escriba mijo, escriba

Escriba mijo, escriba

“Escriba mijo, escriba, es la única forma para ser alguien en la vida oyó. Escriba, porque yo no puedo, no puedo escribir ni leer, pero sí puedo contar”.
Su mano esta lista, apoyada encima del cuaderno ya viejo con las esquinas sucias y señaladas, tal como los otros cuadernos encima de la tabla colgada contra la pared, arriba de su cama.
”Tengo que comprar un nuevo cuaderno” pienso ella. “tengo que comprarlo cuando vayamos al pueblo para hacer mercado”
Ella observa el cráneo del muchacho, el pelo cortado a raso, la nuca delgada y fina.
“Es el último”, cavila, “el último de tantos que nacieron en esa casa, que tenían hijos y los dejaban aquí mientras buscaban la vida en otra parte. Todos se fueron tal como mi esposo Crissanto, en paz descanse su alma. Y aquí esta el último, el único de los tantos”.
Ella sienta el deseo de acariciarlo, de poner su mano encima de la cabeza, de sentir los casquillos de su pello corto, pero eso no se hace.
“Lo quiero mucho, es el último”.
El sol rojo lanza sus rayos a través de las hojas del plátano, a través de las orquídeas que mamá tiene colgadas al palo de mango. El sol y sus sombras son los únicos relojes que ellos tienen en su casa, junto con el canto de los pájaros y los gallos en la mañana, cuando el sol todavía duerme.
Él siente la presencia de su mamá a su lado, su fuerza y tranquilidad. Él tiene su mano lista para escribir, el cuaderno casi lleno.
“Deben ser las cuatro”, piensa, “cuando la sombra del plátano toca la casa. Casi son las cuatro; así es, no cabe duda”.
Él espera la voz de su mamá que cuenta su vida, tal como lo estaba haciendo estos últimos años, y el llenaba los cuadernos que estaban sobre la tabla que él mismo colgó. Allí, encima de su cama, para verlos, el fruto de su trabajo.
Los cuadernos guardan la vida de su mamá, de su familia, la muerte de su tío Gumercindo, macheteado en el monte, los terrores de las noches cuando los conservadores rodeaban la casa, los dioses y los diablos, las hechicerías de la vecina para robar el alma de Crissanto. Los pensamientos de su mamá, lo que es bueno y lo que es malo, todo sobre las páginas en la escritura del niño con su cráneo redondo y cuello fino. En los primeros cuadernos con letras gruesas, inseguras, caminando sobre la página, sin general que obedecer. Pero más tarde se hizo cada vez más fino, más regular, con puntos y comas, con espacios. Pequeñas pinturas que él hizo siguiendo la voz de su mamá, obedeciendo: “escribe mijo, escribe”.

La última vez que ella le dijo: “escriba mijo, escriba”, fue tarde en la tarde, un poco antes de Navidad, cuando las grandes hojas de plátano se agitaban al viento y los cardenales merendaban los restos del almuerzo. Fue un poco antes de Navidad de 1999.
“Escriba”, ella ha dicho, “escriba, que así sabrá mas que yo. Escriba, para que llegues lejos en la vida, escriba”.
Y ella comenzó su cuento:
“La semana pasada me fui con Doña Blanca a la cascada. Ustéd sabe, allá”, y ella indicaba con su mano hacia lejos.
Él lo imaginaba: el agua blanca, burbujeando y volando por encima de las rocas, como un cuchillo cortando la selva en dos. Un sendero tortuoso que lleva hacia la mitad de la cascada donde vagabundeaban tarros, papelitos, cáscaras de naranjas y plásticos. Allí una meseta la espera. Un poco de pasto, pequeñas flores rojas y púrpura, y una roca grande para sentarse.
La cascada les habla a quienes están sentados en la roca. A veces como una caricia, a veces con un trueno regañón. Voces que suenan desde el tiempo en que los Muiscas repetían aquí sus cantos sagrados y suplicaban a los dioses para que los guiaran y los protegieran. Son estos consejos los que buscan Mama y su amiga Doña Blanca cuando necesitan deshogarse ante la complejidad de la vida.

Las dos mujeres andan sobre el sendero, doña Blanca primero, delgada en su ropa amorfa de verde venenoso. Pelo negro y largo, adornando su cara Indígena. Las costuras de su falda aquí y allá están sueltas o mal reparadas con hilo blanco grueso. Y mamá, como una enorme flor azul en su vestida de color cielo despejado. Derecha como un palo, ancha, sobre piernas cortas y fuertes, caminando a su propio ritmo, en su propio tiempo, como el agua, los árboles y las rocas.
Las dos mujeres salieron del bosque y se sentaron, lado a lado sobre la roca y entraron en un mundo mágico lleno de espíritus buenos y malos. Todos unidos por un Dios todopoderoso e inaccesible.
Ellas creen incondicionalmente en las historias que cuentan sobre Él. Historias que tienen su cuna en el miedo o la inseguridad del narrador o porque el narrador necesita ser escuchado para obtener su derecho de existir.
Muchos cuentos son mezclas de segmentos de la Biblia con las leyendas de los antepasados. El contenido adaptado según las necesidades del narrador para volver otra verdad absoluta.

Doña Blanca rompió el silencio y aclamo.
“Sus ojos fueron como llamas ardientes y sobre su cabeza llevaba muchas coronas.
El muchacho levantó la mirada de su cuaderno.
¿Cómo Mama, muchos coronas encima de su cabeza?
Con un suspiro ella se puso de pie, salió y volvió con su Biblia muy gastada.
“Mira”, y ella hojeaba, “es la verdad que dice Doña Blanca, porque está escrito por aquí, mira”.
Y ella le mostraba la frase al lado de cifras grandes 19.12 con la palabra APOCALIPSIS en la cabeza.
“Y encima de su cabeza llevaba muchas coronas y escribieron su nombre”.
Él miraba hacia su mama con sorpresa
“Pero Mama, su cabeza debe ser muy grande para llevar tantas coronas”.

“No debes preguntar tanto”, contesto irritada mama, “solamente escribir. Lo que dice la Biblia es la verdad. No es necesario de hacer preguntas. Escribes, no más”.
El contestó:”Si Mama”.
Ella continuaba:” Y él estaba vestido en una manta lleno de sangre y ellos lo llamaban la palabra de Dios”.

La cascada gruñía pero las mujeres no le escuchaban, estaban sumergidos en su cuento.
Ellos no necesitan la Biblia. Los dos conocen las frases por memoria.
Y cuando pasa mil años Satanás se libera de su cárcel y él sembrara mentiras por todo el país.
Mama afirmaba:” mil años de mentiras. Así es”.
Doña Blanca asentaba con la cabeza y continúo:
Pero ellos, que tienen miedo, que no creen, los rechazados, los asesinos, los cabrones,
las brujas, ellos que rezan a los dioses falsos y todos los mentirosos serán tirados en
un lago en llamas.
Mama reafirmaba:”ellos que no creen serán quemados”.
Cada día a las ocho la televisión les mostraba un mundo de mentiras, violencia, estafas, hombres muertos al lado de la carretera, altos ejecutivos y políticos corruptos frente de un juez.

Las mujeres miraban el cielo nublado. De repente el sol apareció y bañaba Mama y Doña Blanca en un choro de luz deslumbrante, forzándolas a cerrar los ojos. Cuando lo abrieron de nuevo el sol estaba apagado. Asombradas las dos aclamaban:” MARIA”
Se bajaban de la roca y se arrodillaban sobre el pasto entre las flores rojas y púrpuras.
Un mensaje”, digo Mama
Una confirmación”, contestaba Doña Blanca
El fin del Mundo”, susurraba Mama
A doce minutos antes las doce el 31 de Diciembre”, afirmaba Doña Blanca.
Mama le observaba con respecto porque Doña Blanca obviamente recibió más información que ella.

El muchacho miraba su Mama sin comprender,
¿El mundo se acaba de verdad, pregunto el?
Si
¿Y nosotros, los vecinos, el pueblo?
Nosotros también
¿Pero como Mama?
El mundo temblará y el fuego y el agua nos devorará.
¿Agua y fuego Mama? Como es eso?
Son sus palabras. Así pasara.
¿Doce minutos ante de la media noche?
A doce minutos ante de la medianoche. Maria lo digo a Doña Blanca.

Y mientras ella cuenta y él escribe su última pagina, un pájaro de color rojo intensa lo pasa de cerca, rozando su cara con sus alas. Un insecto gris con cara puntuada y dos ojos redondos bordado por dos antenas trepa encima de su cuaderno sobre piernas largas. Sobre su espalda carga su mujer más pequeña. Cuando llego encima de la página una burbuja de líquido transparente baja de su cola, transformando los últimos rayos de sol en una estrella.
Y él escribía con el ladro de los perros en la distancia, Él escribió en los últimos rayos del sol y mientras escriba pregunto:
¿En ningún parte dice que eso es para nosotros?
¿Tú nunca has hecho una mentira?
Pues sí, ¿pero todo eso por una mentira pequeña?
Mentira es mentira
¿Y nadie tiene una posibilidad para escapar?
Claro que si, El Papa, el obispo, los padres y la gente de buena fe que El ha escogido.
¿Nosotros, no somos buenos ¿
¿Nos vamos a la misa cada día, vivimos como dice la palabra de Dios?
¿Pero Mama, como podemos ir cada día al pueblo. Eso es imposible?
Ella se metió su mano encima de la Biblia.
Todo es escrito, aquí en este libro, Debemos aceptarla.

Juntos vivían los últimos días del año en terror. Como si vivían en un túnel negro hacia el fin de sus vidas. Ellos esperaban que la tierra se abriera, escupando fuego y agua ardiente, una violencia desconocido que iba a destrozar todo. Ellos esperaban el agua dentro lo cual ellos, gritando de miedo y dolor, morirán.
El 29 de Diciembre Mama se despertó con un tremendo dolor de cabeza. Este día y los días siguientes parecieron como si las palabras se volaron de la cabeza dejando únicamente unos sonidos extraños. Gritos que el no comprendió. Asustados decidían de buscar ayuda. Germinado de dolor Mama, inclinándose sobre el hombre de su bis nieto, trepaba sobre las rocas que formaban el sendero. Tambaleaban sobre el puente colgante y esperaban dos horas hasta el bus llego y les llevaban hasta el hospital donde ellos tenían que poner sus dedos en tinta negra para después empujarla sobre un papel y recibieron un sello azul encima de la mano para que ellos pudieran sentarse en un corredor pintada de azul clara. Se sentados encima sillas blancas de plástico abajo de afiches con mamas sonrientes y frases llamando al amor y tolerancia.
Después dos horas una señora vestida en blanca llevo Mama mientras a él lo sacaron sangre cómo pago de los servicios. Volvieron a al casa con una bolsa de papel con pepas verdes y un papel donde estaba escrito “Trombosis, descansar, nada de emociones, mucho entrenamiento para aprender a hablar y sobre todo tomar las píldoras. Si no, un ataque fatal es muy posible”.

El rancho con su banca al lado de la puerta es una isla de tranquilidad, acaricida por el canto de los pájaros, el susurro de las hojas de los arboles, el gorgotear del agua del arroyo abajo.
Los pocos sonidos de Mama fueron suficientes para poder seguir viviendo. Ellos cocinaban juntos la sopa, lavaban juntos la ropa y se sentaban juntos sobre la banca, observando las montañas azules al otro lado del valle y mantenían una conversación sin fin, sin palabras porque ya estaban escritos en los cuadernos, guardados encima de la cama.
Hay veces el bis nieto de catorce años ponía su brazo encima del hombro de su tatarabuela de sesenta y cuatro años. Caricia su pelo y susurra pequeñas palabras en su oreja.
Ma-ma, Bo-bo, mo-mo.
El sol rasante juega con las hojas grandes del banano, Merlas en vestidos de rayos grises comen la banana madura que Mama les puso. Ma-ma, ba-ba, bo-bo. Ya no hay razón para comprar un cuaderno nuevo.

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